La termografía infrarroja tiene un atractivo evidente en medicina veterinaria: no toca, no duele, no requiere sedación y produce una imagen que cualquiera entiende a primera vista. Zonas calientes en rojo, zonas frías en azul. En rehabilitación y en el manejo del dolor lleva años ganando terreno.
Un estudio prospectivo de la Universidad Estatal de Carolina del Norte, publicado en Frontiers in Veterinary Science, se hizo la pregunta que faltaba: antes de buscar lo anormal, ¿qué es lo normal?
El experimento
Treinta y tres perros clínicamente sanos, fotografiados con una cámara térmica de uso médico (WellVu IR 640) en una sala mantenida a 21,7 °C constantes, tras diez minutos de aclimatación. Se midieron los flancos, el cuello por sus cuatro caras y la columna a la altura torácica, lumbar y sacra.
De los 33 perros, 12 eran de pelo corto y 21 de pelo medio o largo. Las razas más frecuentes fueron mestizos, beagles y labradores.
El resultado que cambia la lectura
Las temperaturas de superficie variaron según la región del cuerpo, algo esperable. El cuello dorsal fue la zona más fría del conjunto, con 23,9 °C de media, y la zona lumbar la más caliente, con 25,4 °C.
Lo relevante llegó al separar por tipo de pelaje. En las tres regiones donde la diferencia alcanzó significación estadística, los perros de pelo corto registraron temperaturas claramente superiores:
| Región | Pelo corto | Pelo medio o largo | p |
|---|---|---|---|
| Flanco | 26,8 °C | 24,2 °C | 0,001 |
| Cuello dorsal | 25,2 °C | 23,2 °C | 0,01 |
| Sacro | 26,0 °C | 23,5 °C | 0,006 |
Entre 2 y 2,6 grados de diferencia atribuibles al pelaje. Para poner eso en contexto: es un margen del mismo orden, o mayor, que el que un clínico podría estar buscando como indicio de inflamación en una articulación.
La explicación es de física, no de fisiología. El pelo aísla. Una capa densa retiene el calor por debajo y lo que la cámara registra en la superficie es más frío. El animal no está más frío; su pelo lo esconde mejor.
Qué se puede hacer con la cámara y qué no
De aquí se sigue una consecuencia práctica bastante clara.
Comparar la imagen térmica de un galgo con la de un pastor alemán no informa de nada clínico si no se corrige por pelaje. Tampoco sirve de mucho contrastar a un paciente contra una tabla de valores de referencia genérica, porque esa tabla arrastra la mezcla de pelajes de la población con la que se construyó.
Lo que sí conserva sentido es la comparación del animal consigo mismo: un lado contra el otro, o la misma región antes y después de un tratamiento, con el mismo equipo y las mismas condiciones de sala. Ahí el pelaje es constante y deja de contaminar la medida.
Un estudio pequeño que los autores no venden como grande
Conviene tomar estos números por lo que son. Los propios investigadores califican sus análisis de exploratorios y señalan que el tamaño de grupo es reducido, lo que impidió valorar bien la influencia de la raza, la edad y la condición corporal.
Advierten además de que los factores de comportamiento, incluido el nivel de estrés y cómo respondió cada perro a los diez minutos de aclimatación, no pudieron estandarizarse del todo. Y de que la salud de los animales se estableció a partir del testimonio del propietario y una exploración física sin hallazgos, de modo que podía haber alteraciones poco evidentes. Todas las imágenes se tomaron en reposo, sin evaluación tras el ejercicio.
Nada de esto invalida el trabajo. Al contrario: un estudio que documenta una fuente de error sistemático en una técnica en expansión es exactamente el tipo de investigación que hace falta antes, y no después, de que la técnica se generalice.
La termografía no queda tocada por estos resultados. Queda mejor definida. Es una herramienta de seguimiento, no un diagnóstico por sí sola, y la primera pregunta ante cualquier imagen térmica es la más sencilla: ¿cuánto pelo hay entre la piel y el objetivo?
Fuente: estudio prospectivo sobre variabilidad de la termografía infrarroja por región corporal y tipo de pelaje en perros clínicamente sanos, publicado en Frontiers in Veterinary Science (DOI 10.3389/fvets.2026.1868785).






