Comportamiento

Dormir con el perro: los aparatos dicen una cosa y las personas dicen otra, y la diferencia entre perro y gato es la que menos se cuenta

17 de septiembre de 2026

Cada cierto tiempo vuelve la pregunta de si conviene dormir con el perro o el gato, y la respuesta suele quedarse en el empate cómodo: «tiene cosas buenas y cosas malas».

La literatura científica es bastante más concreta que eso. Y lo más interesante que dice no es si dormir con el animal es bueno o malo, sino que lo que la gente cree que pasa por la noche y lo que registran los aparatos no coinciden.

Casi la mitad duerme con su animal

El trabajo más sólido disponible es de Brian N. Chin, Tvisha Singh y Aisha S. Carothers, publicado en Scientific Reports en marzo de 2024, en abierto y preinscrito —es decir, con las hipótesis y los análisis registrados antes de mirar los datos, lo que impide elegir a posteriori el resultado que gusta—.

La muestra: 1.591 adultos representativos de la población de Estados Unidos, edad media 46 años. De ellos, 758 (el 47,6 %) duermen con su mascota.

Qué encontraron

Con cuestionarios validados de calidad de sueño, eficiencia percibida, gravedad del insomnio y salud del sueño, el resultado fue:

  • Dormir con la mascota se asoció a peor calidad de sueño percibida y a mayor gravedad del insomnio.
  • No apareció el efecto amortiguador del estrés que la propia hipótesis buscaba. El estrés empeoraba el sueño, sí, pero dormir con el animal no protegía de ello.

Y entonces vienen los tres matices que casi nunca se cuentan, y que son lo útil del estudio:

  • El efecto negativo se asoció a tener perro, no gato.
  • Empeoraba cuantos más animales había en la cama.
  • No dependía del vínculo con el animal. Querer más al perro no hacía que molestase menos. Es física, no afecto.

El estudio que explica por qué nadie se entera

Aquí está la pieza que da sentido a todo lo anterior. Christy L. Hoffman, Matthew Browne y Bradley P. Smith publicaron en Animals en 2020 un trabajo distinto: en lugar de preguntar, midieron.

Colocaron actígrafos —acelerómetros que registran movimiento minuto a minuto— a 12 mujeres adultas y a sus perros, durante una media de 10 noches por participante: 124 noches, 54.533 observaciones.

Lo que salió:

  • Hay una relación positiva significativa entre el movimiento del perro y el de la persona, y el perro influye en la persona más que la persona en el perro.
  • El movimiento del perro acompañaba aproximadamente al 50 % de los movimientos de la persona.
  • Cuando el perro se movía, la probabilidad de que la persona pasara de estar quieta a moverse se triplicaba.
  • Y sin embargo, las participantes casi nunca informaron de que el perro les hubiera despertado.

Esa última línea es la clave de todo el asunto. El perro sí interrumpe el sueño. La persona no se da cuenta.

Por qué las encuestas dicen lo contrario

Con esto en la mano se entiende que los estudios basados solo en preguntar den resultados dispersos, e incluso favorables.

  • Un trabajo con 10.128 adultos australianos (Smith y colaboradores) encontró que quienes duermen con mascota tardan más en dormirse, se despiertan más cansados y refieren más ruidos nocturnos, pero sin diferencias en la duración total del sueño.
  • Un estudio con 962 mujeres estadounidenses (Hoffman y colaboradores) no halló diferencias en ninguna subescala del índice de calidad de sueño de Pittsburgh, salvo en disfunción diurna.
  • Otro con 1.356 participantes australianos no encontró impacto global en la calidad de sueño autoinformada, y además vio que quienes no dormían con su perro decían despertarse cansados con más frecuencia.
  • Un estudio pequeño con 40 dueños de perro (Patel y colaboradores) midió con actigrafía y encontró peor eficiencia del sueño cuando el perro dormía en la cama que cuando dormía en la habitación.

Ese último matiz es el más aplicable de todos: cama y habitación no son lo mismo. La mayor parte del efecto medido aparece al compartir colchón, no al compartir cuarto.

Entonces, ¿qué hacer?

Nada categórico, y quien diga lo contrario está yendo más allá de los datos. Pero sí hay tres cosas que la evidencia permite decir:

  • Si duermes mal y no sabes por qué, el perro en la cama es una hipótesis razonable, aunque no notes que te despierte. Justamente ese es el hallazgo: no se nota.
  • Probar con la cama del perro dentro de la habitación antes de sacarlo del cuarto. Ahí está la diferencia medida, y conserva la compañía.
  • La sensación de seguridad y compañía es real y cuenta. No aparece en los actígrafos, pero es la razón por la que la gente lo hace, y el estudio de 2024 no encontró que el vínculo empeorase nada: lo que empeora el sueño es el movimiento, no el afecto.

Qué no sabemos

  • Por qué el gato no aparece asociado al efecto negativo. Puede ser por peso, por patrón de movimiento, por dónde duerme o por tamaño de muestra. El estudio no lo resuelve.
  • La dirección de la causa. El trabajo de 2024 es transversal: mide un momento, no sigue en el tiempo. Cabe que quien duerme peor busque más la compañía del animal, y no al revés.
  • Cuánto sueño se pierde exactamente. Ningún estudio da minutos perdidos por noche.
  • Si esto vale igual en España. Las muestras son de Estados Unidos y Australia, con otros hábitos de vivienda y de convivencia.
  • Qué pasa con la polisomnografía. Los propios autores del trabajo con actigrafía piden estudios con polisomnografía y observación conductual, que es el patrón de referencia y aún no se ha aplicado a esto.

Fuentes: Chin, B. N., Singh, T. y Carothers, A. S. (2024). «Co-sleeping with pets, stress, and sleep in a nationally-representative sample of United States adults». Scientific Reports 14: 5577. Hoffman, C. L., Browne, M. y Smith, B. P. (2020). «Human-Animal Co-Sleeping: An Actigraphy-Based Assessment of Dogs’ Impacts on Women’s Nighttime Movements». Animals 10(2): 278. DOI: 10.3390/ani10020278. Estudios de Smith y colaboradores, Hoffman y colaboradores y Patel y colaboradores, citados en el primero.

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