Las intervenciones asistidas con animales suelen ser cosa de perros y caballos. El gato, cuando aparece, suele hacerlo como presencia pasiva: está en la sala y ya. Un equipo de Oregon State University ha probado lo contrario — convertir al gato en parte activa de la intervención — y ha publicado los resultados en la revista Animals.
Qué se hizo, y por qué este estudio pesa más que otros
Es un ensayo controlado aleatorizado. Eso importa mucho, y conviene explicar por qué: la mayoría de lo que se publica sobre vínculo humano-animal son estudios de correlación, que ven cosas que ocurren juntas pero no pueden decir cuál causa cuál. Aquí sí hubo asignación al azar y grupo de comparación.
- 36 niños con discapacidades del desarrollo, de 8 a 17 años, cada uno con su propio gato de casa.
- Asignación aleatoria a dos grupos: el que hacía el programa, y un grupo control en lista de espera.
- La intervención consistía en sesiones de entrenamiento con refuerzo positivo, diseñadas a la vez para la salud y el desarrollo del niño y para el bienestar del gato.
Que el gato fuera el propio animal de la familia, y no un animal de terapia cedido, es otra diferencia relevante: lo que se entrena es la relación que ya existe en casa.
Qué salió
En los niños:
- Aumento de actividades que promueven la salud, como pasear con el gato (p = 0,008).
- Aumento significativo de la responsabilidad en el cuidado del animal (p = 0,039).
En los gatos — y esta es la parte que hace que este estudio interese a un medio de bienestar animal:
- Aumento inmediato de la sociabilidad hacia el niño (p = 0,036).
- Al año de seguimiento, mayor proporción de apego seguro hacia el niño que al inicio (p = 0,031).
Y en cumplimiento: 100 % de asistencia a las sesiones, 94,4 % de retención tras la intervención y 81 % de tareas para casa completadas. Para un programa con familias y niños, son cifras altas.
Por qué esto no es «usar» al gato
La objeción razonable a las terapias asistidas con animales es que el animal pone el trabajo y otro se lleva el beneficio. Lo interesante aquí es que los indicadores del gato mejoraron, y no solo durante la intervención: el dato del apego seguro es a un año.
El mecanismo es intuitivo. Un niño que aprende a entrenar con refuerzo positivo aprende a leer al animal, a no forzarlo y a premiar. Un gato al que se trata así tiende a acercarse más.
Los límites, que los autores no esconden
- 36 participantes son pocos. Los propios autores lo describen como «evidencia preliminar» y «estudio inicial».
- No se puede generalizar a cualquier niño, gato o tipo de discapacidad: la muestra es concreta y voluntaria.
- Las familias que se apuntan a un programa así probablemente ya tienen un vínculo con su gato y disponibilidad para dedicarle tiempo. Eso condiciona el resultado.
- No hemos revisado el texto completo, solo el resumen y el sumario publicados en abierto por la revista.
Un apunte sobre cómo leer estos estudios
Hace poco cubrimos otro trabajo sobre gatos y personas neurodivergentes que apuntaba en dirección aparentemente contraria: era correlacional, con 127 adultos, y asociaba peor bienestar a factores como que el gato estuviera ansioso o enfermo.
No se contradicen. Dicen cosas distintas porque preguntan cosas distintas: aquel medía qué ocurre en relaciones tal como están; este mide qué pasa cuando se interviene para mejorarlas. Juntos apuntan a lo mismo — lo que importa no es tener gato, sino cómo es la relación.
Fuentes
- Frank DH, Darling S, Moore K, Vitale KR, MacDonald M, Udell MAR. «Evaluating a Novel Cat-Assisted Training (CAT) Intervention for Youth with Developmental Disabilities and Their Family Cat». Animals 2026; 16(14):2133. Publicado el 9 de julio de 2026.
- DOI: 10.3390/ani16142133. Artículo en acceso abierto.
- Oregon State University, Department of Animal and Rangeland Sciences y College of Health; Maueyes Cat Science and Education.
- Consultado el 26 de agosto de 2026.






