Andalucía devolvió al mar a lo largo de 2026 un total de 35 tortugas bobas (Caretta caretta) procedentes de procesos de recuperación, de capturas accidentales y de crianza controlada a partir de los nidos detectados en el litoral durante 2025, según informó la Junta de Andalucía el 26 de agosto de 2026.
Treinta y cinco animales no parecen muchos. En una especie donde la mortalidad natural de las crías es abrumadora y solo una fracción mínima llega a la edad adulta, cada ejemplar devuelto al agua en buenas condiciones cuenta de otra manera.
Tres caminos hasta la misma orilla
Lo interesante del balance es que esas 35 tortugas no llegaron al mar por la misma vía. La Junta distingue tres orígenes: recuperación —animales ingresados en centros por heridas, debilidad o enfermedad, tratados y devueltos cuando estaban en condiciones de valerse—, capturas accidentales —ejemplares que aparecieron en artes de pesca y que fueron entregados en lugar de descartados, donde el eslabón decisivo es el pesquero: sin ese aviso, la tortuga no entra en el circuito— y crianza controlada —crías procedentes de nidos localizados en la costa andaluza en 2025, mantenidas un tiempo en instalaciones antes de la suelta.
Son tres circuitos distintos, con actores distintos —centros de fauna, flota pesquera, equipos de seguimiento de nidos— que confluyen en el mismo punto.
Por qué los nidos de 2025 importan
La nidificación de tortuga boba en las costas peninsulares españolas ha dejado de ser una rareza en los últimos años, y cada nido detectado abre una decisión de gestión: dejarlo, trasladarlo o retirar parte de los huevos para criar a las crías de forma controlada durante sus primeros meses.
La lógica de la crianza controlada es sencilla: los primeros meses son los más letales para una cría de tortuga marina. Un animal que entra al agua con más tamaño tiene menos depredadores posibles. Es una intervención que compra tiempo, no una garantía.
Lo que el balance no detalla
Conviene marcar el perímetro de lo que se sabe. La información recoge la cifra total —35 tortugas— y sus tres orígenes, pero no el desglose por categoría: no consta cuántas procedían de recuperación, cuántas de capturas accidentales y cuántas de crianza. Tampoco consta cuántos nidos se detectaron en 2025, cuántos huevos contenían, ni la tasa de eclosión.
No hay tampoco datos sobre el seguimiento posterior: si alguno de los ejemplares llevaba marcaje o emisor, ni si se conoce su destino tras la suelta. En tortugas marinas esa es la parte más difícil y la que nadie puede prometer: el mar se los lleva y la mayoría no vuelve a saberse de ellos.
Y falta el otro lado del balance: cuántas tortugas ingresaron y no salieron.
Una historia con muchos protagonistas
Lo que hace singular este caso no es la cifra, sino la cadena. Para que una tortuga boba vuelva al mar tienen que funcionar a la vez un pescador que avisa, un centro que la trata, un equipo que vigila una playa en verano y una administración que sostiene el circuito.
Treinta y cinco veces en 2026, esa cadena funcionó entera.
Fuentes: Junta de Andalucía, Consejería de Sostenibilidad y Medio Ambiente, nota de actualidad publicada el 26 de agosto de 2026 sobre la devolución al mar de 35 tortugas bobas.






