Un equipo internacional ha publicado el metaanálisis más amplio disponible hasta ahora sobre un temor que lleva décadas circulando entre quienes tienen gatos: la posibilidad de que una vacuna provoque un tumor en el punto donde se inyectó. Reunieron ocho estudios que cubren, en conjunto, unas 14,06 millones de vacunaciones, con 411 sarcomas comunicados.
La cifra resultante es de 8,8 casos por cada 100.000 vacunaciones, lo que equivale, expresado de forma más intuitiva, a aproximadamente un caso por cada 11.000 vacunas. El trabajo se ha publicado en Journal of Small Animal Practice.
Lo que esa cifra dice, y cómo hay que leerla
8,8 por 100.000 es un riesgo bajo. Si la pregunta es «¿debería dejar de vacunar a mi gato por miedo a esto?», la respuesta que sugiere este dato es que no: la inmensa mayoría de los gatos vacunados nunca desarrollará un sarcoma en el punto de inyección, y las enfermedades que la vacuna previene, empezando por la rabia y la panleucopenia, son mucho más peligrosas que ese riesgo residual.
Pero hay una segunda parte de la noticia que es tan importante como la cifra, y que un titular apresurado tiende a dejar fuera: la certeza de la evidencia detrás de ese 8,8 es muy baja, y la heterogeneidad entre los ocho estudios incluidos es extremadamente alta. En términos estadísticos, un I² del 99,6 % significa que casi toda la variación entre los resultados de los distintos estudios no se debe al azar, sino a que los estudios miden cosas distintas entre sí.
Por qué los estudios no encajan bien entre ellos
Los ocho trabajos que componen este metaanálisis difieren en el diseño, en cómo definen qué cuenta como un caso, en el periodo de seguimiento de los gatos, en los sistemas usados para notificar los casos y en cómo se calculó el número total de vacunas administradas en cada población. Súmese a esto la infranotificación probable, habitual en este tipo de registros: no todos los sarcomas que aparecen meses después de una vacuna llegan a comunicarse como tales.
El resultado es una cifra agrupada que resume ocho realidades bastante distintas entre sí. Es la mejor estimación disponible, y es baja, pero no es un número con la precisión de un ensayo clínico bien controlado. Los propios autores lo formulan con cautela: hablan de sarcomas asociados a la vacunación, aunque reconocen que en la práctica clínica sería más exacto hablar de sarcomas asociados al lugar de inyección, porque no todos los casos registrados pueden atribuirse con seguridad a una vacuna concreta y no a otro fármaco inyectable.
Lo que este dato no permite decir
No permite calcular el riesgo individual exacto de un gato concreto, que depende de la vacuna, de la técnica de inyección y de factores propios del animal que el metaanálisis no puede aislar. No permite afirmar que todas las vacunas tengan el mismo riesgo entre sí. Y desde luego no respalda dejar de vacunar: el propio marco de la seguridad farmacológica consiste en comparar un riesgo raro y grave con el beneficio, mucho mayor, de prevenir enfermedades comunes y potencialmente mortales.
Lo razonable, con esta evidencia sobre la mesa, es lo de siempre: seguir las pautas de vacunación que recomiende el veterinario, ajustadas a la edad, la salud, el estilo de vida y la exposición de cada gato, y no una alarma genérica ni tampoco una tranquilidad sin matices.
Fuentes: Emdin, F., Naro, S. G., Hoang, P. M., Brown, K. A., Daneman, N. y Weese, J. S., «The incidence of vaccine-associated sarcomas in cats: a systematic review and meta-analysis», Journal of Small Animal Practice, publicado en línea el 30 de julio de 2026. DOI: 10.1111/jsap.70176.






